La ilustración española y valenciana (S. XVIII)
Querido amigo y bibliopolita,

Para evitar los inconvenientes del siempre inclemente invierno de la Meseta, he vuelto a casa. Aquí, en Valencia, besando casi los labios del Mediterráneo, seguro que podré vencer mejor las cuitas y desasosiegos que el sedentarismo procura. Aunque, nada más bajar del carruaje, hube de luchar contra un ejército de moscas y mosquitos que, atraídos por la incuria propia de los cultivos del arroz, decidieron rendirme los honores de la llegada. A estos humedales los conocemos por estas tierras como marjals, y, siendo caldo de cultivo de cíclicas pandemias, mentes ilustradas del lugar abogan por su erradicación.
Valentia edetanorum Vulgo del cid Delineata a D. Thoma Uincentio Tosca
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Porque, sin ser ya Valencia corte, se sorprendería usted, mi querido amigo, de la cantidad de seguidores del partido de la Ilustración que habitan estas tierras. Hace muchos años que coincidieron en esta ciudad y reino —para su fortuna— ciertas mentes preclaras que defendían —ya entonces— la necesidad de cambiar ciertos hábitos de pensamiento de sus convecinos. Sus enemigos les llamaban, peyorativamente, novatores, porque se enfrentaban al aún poderoso edificio de la escolástica con nuevas ideas... ¡y eso lo reputaban por injurioso!

Aquí, lamentablemente, y como casi en todas partes, los enemigos de la razón no sólo son muchos y distintos, sino poderosos... y la gente tiene miedo, sobre todo después de la última guerra, la que a la muerte de Carlos II de Habsburgo enfrentó a Felipe de Anjou y a Carlos de Austria. Los valencianos —mis connacionales—apoyaron la causa del segundo, aunque no todos, pues la mayoría de los nobles y el clero siguieron la del primero. Pero eso no evitó que el Borbón, henchido por la victoria, quemara la ciudad de Xàtiva o, todavía peor, revocara los fueros por los que los habitantes del Reino de Valencia nos habíamos guiado. Aunque, ciertamente, no me extraña que la gente aproveche cualquier excusa para levantarse en armas: en mis periódicas excursiones por las tierras de España he tenido la oportunidad de constatar sobradamente la pobreza extrema en la que pueden llegar a vivir —a sobrevivir, más bien— algunas de estas gentes. Pero mentiría si no valorara también la presencia de notables y notorios hombres que dedican sus mayores esfuerzos a extirpar la indigencia de algunos de sus conciudadanos. Porque han sido muchas las medidas que se han aplicado a mejorar la agricultura y aumentar la producción para asegurar, como mínimo, el básico sustento del pan. Y también en las manufacturas he visto notables avances: usted mismo lo advertirá apreciando los muarés de seda y las cerámicas de Alcora y Manises que acompañan esta misiva.

Y, en fin, también es cierto que la clase de los notables goza de una vida que no tiene nada que envidiarle, por lo que hace a ocio y liviandad, a las que he oído decir que se malgastan en vuestra Francia.

Pero, sin duda, la penuria más grande es la miseria espiritual y racional en la que viven la mayoría de las clases humildes. Por eso, muchos de los hombres de cultura del país concentran la mayoría de sus trabajos en extirpar los vicios propios de la ignorancia, sobre todo en el culto cristiano.

Porque —eso sí— habrá de saber, dilecto amigo, que en este país, a diferencia de otros —como el vuestro—difícilmente encontrará usted a alguien que no se proclame cristiano y católico. Además, en caso de que hubiere alguno que profesara otras creencias —o las negara—, no dude usted que callaría, siendo como es la sombra de la Inquisición en estas tierras: no sólo alargada, sino también especialmente afilada...

Pero, aunque la piel de la religión una teóricamente estos reinos, no por ello la carne de la intriga política deja de palpitar debajo. Se lo digo por el caso de los jesuitas, que han sido expulsados del reino de España por orden y gracia de uno de los reyes más reputados como ilustrado: Carlos III de Borbón, en el año de 1767. Todo lo cual no se aviene en demasía con el aroma de tolerancia que habría de respirarse en el aire europeo.

Aunque sería injusto dejar de reconocer y valorar el trabajo de algunos hombres de ciencia que han habitado estas tierras hispánicas, entestados algunos —como el benedictino Feijoo— en expurgar la religión de las más nocivas hierbas de la superstición, la intolerancia y el acriticismo. O Melchor Gaspar de Jovellanos, que ha perdido salud y tiempo para irrigar el suelo hispánico de las virtudes que se siguen de aplicar el orden racional a los asuntos agropecuarios.
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